Ecuador sigue temblando: Sufrió una réplica de 6,1 grados esta madrugada

La Paz, 20 de abril (Revista Oxígeno y agencias).-  Un temblor de magnitud 6,1 se registró la madrugada de este miércoles en la costa de Ecuador, con una intensidad de 6,1 grados, el más fuerte desde el temblor del sábado 16.

Según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS, por sus siglas en ingles), esta réplica se registró a unos 25 kilómetros al oeste de Muisne y una profundidad de 15 kilómetros. Afortunadamente, no se ha emitido alerta de tsunami tras el sismo.

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El del sábado, este país sudamericano sufrió el peor temblor en décadas. El presidente Rafael Correa dijo que se estiman pérdidas por 3.000 millones de dólares por los daños. Los primeros recuentos señalan  1.116 edificios destruidos y 608 dañados.

El número de víctimas mortales que dejó el devastador terremoto ascendió a 525, según confirmó la oficina nacional del fiscal de ese país.

De ese número 518 cadáveres han sido identificados y entregados, 15 no han podido ser identificados. 11 de los muertos son extranjeros: tres colombianos, tres cubanos, un ciudadano de República Dominicana, un británico, un irlandés y dos canadienses. Hay 107 personas desaparecidas y se han atendido a 4.605 heridos.

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Las fuerzas de seguridad de Ecuador aún buscan sobrevivientes y cuerpos entre los escombros mientras el país se enfrenta a una situación de emergencia por la falta de provisiones para los damnificados y lo difícil que es controlar las enfermedades que pueden propagar los cadáveres en descomposición. Mientras el trabajo continúa la tierra no deja de temblar, pero no se han reportado daños inmediatos de ese sismo ni nuevas personas afectadas.

En Bahía de Caráquez, BBC Mundo encontró familias enteras que intentan descansar en asentamientos improvisados frente a sus hogares, para vigilar que nadie entre a llevarse las pertenencias que sobrevivieron al sismo.

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“No podemos movernos de aquí porque hay mucho vandalismo. A los camiones que vienen a suministrar alimentos al comisariato, una tienda, los han querido asaltar. Aquí ya se han dado casos de robo y si no cuidamos la casa nosotros, nadie la va a cuidar”, dice Víctor Román.

Hoy día estamos mejor porque tenemos un generador y nos da un poco de luz, pero todos estos otros días hemos estado en tinieblas, dijo Carlos Farías, damnificado Este hombre de voz gruesa como el marco de sus anteojos es una suerte de patriarca tribal de un grupo de 20 personas que duermen cerca del mar. “Aquí estamos unas tres, cuatro familias, pero todos somos parientes”, explica y no sonríe.

El temor de Víctor a la delincuencia parece justificado. A pocos metros, en la entrada del malecón, efectivos de distintas fuerzas de seguridad revisan a todo aquel que les parezca sospechoso, en particular si anda en dos ruedas.

“A cualquiera que esté en moto se le realiza el cacheo respectivo y se le piden los papeles personales y del vehículo. Personas en moto, con armamento y objetos corto-punzantes, han robado a particulares que se encuentran caminando, a la gente que duerme en la calle y aprovechando el desastre han entrado en las casas vacías”, dice un policía sin identificarse.

En medio del dolor por la pérdida, hubo destellos de esperanza. Rescatistas equipados con perros rastreadores, grúas hidráulicas y sondas que pueden detectar la respiración a gran distancia seguían buscando sobrevivientes entre los escombros de varias ciudades. En Manta se encontraron al menos seis supervivientes el martes.

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Una de las historias más esperanzadoras era la de Pablo Córdova, que aguantó 36 horas bajo los escombros del hotel donde trabajaba en Portoviejo. Calmó la sed con su propia orina y oró para que el servicio de telefonía móvil se restableciera antes de que la batería de su celular se agotara. Por fin logró llamar a su esposa el lunes por la tarde y, poco después, un equipo de rescatistas colombianos lo sacó de las ruinas.

La esposa de Córdova había renunciado a volver a verlo y se las había arreglado para comprar un ataúd.

“Mi mujer ya me estaba organizando el velorio”, bromeó en un hospital provincial Córdova, un hombre de bigote espeso y sonrisa fácil. “Gracias a Dios tengo vida y un ataúd que debo devolver porque aún me falta mucho para morirme”.

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